Una palabra que puede ordenar lo que estás viviendo
Quizás llegaste a este artículo porque algo en tu maternidad no se parece a lo que imaginabas. Porque te sientes distinta. Porque quieres a tu hijo o hija con una intensidad que no sabías que era posible, y al mismo tiempo extrañas algo de ti misma que no terminas de nombrar.
O porque alguien te dijo que estos son "los mejores años de tu vida" y a ti no te está pareciendo exactamente eso, y eso mismo te genera culpa.
Hay un concepto que puede ayudarte a poner palabras a lo que estás viviendo: matrescencia.
No es un diagnóstico. No es una enfermedad. Es un nombre para una transformación real, profunda y pocas veces nombrada con honestidad.
Qué es la matrescencia
El término lo acuñó en 1973 la antropóloga Dana Raphael, quien también introdujo el concepto de doula. Décadas después, fue la psiquiatra Alexandra Sacks quien lo popularizó al observar, en su práctica clínica, que muchas madres llegaban a consulta sintiéndose perdidas, culpables o distintas, sin que hubiera un diagnóstico que describiera exactamente lo que les pasaba.
La idea central es sencilla pero poderosa: convertirse en madre es un proceso de desarrollo, comparable —en su profundidad y complejidad— a la adolescencia.
Así como en la adolescencia el cuerpo cambia, la identidad se reorganiza y la persona que eras ya no es exactamente la misma, la matrescencia implica una transformación biológica, psicológica y social que no ocurre de un día para otro, que no siempre es linear, y que pocas veces recibe el reconocimiento que merece.
Aunque no es un diagnóstico clínico ni una categoría formal de los manuales psiquiátricos, la matrescencia se usa cada vez más en salud mental perinatal como un marco para comprender la transición biopsicosocial de convertirse en madre. Un marco, no una etiqueta. Una forma de nombrar algo que muchas mujeres viven, pero que pocas veces encuentran cómo decir.
La comparación con la adolescencia tiene un límite importante: culturalmente, la adolescencia está reconocida como una etapa de búsqueda, contradicción y cambio. A las madres, en cambio, muchas veces se les pide que simplemente sean madres —con gratitud, con entrega, con una sonrisa—, como si la transformación no costara nada.
La matrescencia no es una patología. Pero sí es real. Y merece ser comprendida.
Lo que puede cambiar cuando te conviertes en madre
La matrescencia puede tocar prácticamente todas las dimensiones de la vida. No de la misma forma en todas las mujeres, ni con la misma intensidad, ni al mismo tiempo.
El cuerpo. Más allá de la recuperación física del embarazo o el parto, hay una nueva relación con el propio cuerpo: más funcional, más demandado, a veces menos propio. Integrar ese cambio toma tiempo.
La identidad. ¿Quién soy yo ahora? ¿Soy la misma que antes? ¿Cuánto de mí cabe en esta nueva vida? Estas preguntas no son señal de que algo esté mal. Son parte del proceso de reorganización interna que la maternidad desencadena.
Los vínculos. La relación de pareja, las amistades, la familia de origen: todos los vínculos se reorganizan. Algunos se profundizan de maneras que no esperabas. Otros revelan tensiones nuevas. Otros simplemente cambian de forma.
Las prioridades. Lo que antes era urgente puede perder peso. O al revés: cosas que nunca habías valorado aparecen con fuerza. Esa reorganización puede ser confusa y, a veces, dolorosa.
La relación con el tiempo y el descanso. El tiempo "libre" adquiere un significado completamente distinto. El descanso pasa de ser algo que se busca a ser algo que se negocia, que se fragmenta, que se defiende. Esa sola transformación puede ser agotadora.
Por qué la matrescencia puede sentirse como una crisis
Porque implica un movimiento profundo en la identidad, la matrescencia puede vivirse con una intensidad que desconcierta incluso a quienes la están atravesando.
La ambivalencia es una de las experiencias más frecuentes y menos habladas: sentir amor y agotamiento al mismo tiempo, querer estar con tu hijo y también necesitar espacio, disfrutar momentos y extrañar otros. Muchas madres sienten que esa ambivalencia no debería existir, o que hay que ocultarla. No es así. Dicho esto, cuando la ambivalencia se vuelve muy intensa o persistente, o cuando se acompaña de tristeza profunda o ansiedad que no cede, vale la pena conversarlo con una profesional.
También puede aparecer una sensación de pérdida o despedida de ciertas formas de vida anterior: de cierta libertad, de partes de una misma que existían antes de ser madre. Esa sensación no significa que no quieres serlo. Significa que algo real se ha transformado, y que las transformaciones reales no siempre se celebran de inmediato.
La presión social añade otra capa. Si no estás disfrutando cada momento, si te sientes perdida o distinta, si tu experiencia no se parece al relato de "la etapa más bonita de tu vida", puede instalarse la sensación de que hay algo que falla en ti. Eso es una distorsión que vale la pena cuestionar.
Lo que pocas veces se dice sobre ser madre
Hay experiencias frecuentes en la maternidad que raramente encuentran espacio en la conversación pública:
Que se puede querer profundamente a un hijo o hija y al mismo tiempo no sentir felicidad constante. Que necesitar tiempo propio no es egoísmo. Que sentirse distinta a quien una era no equivale a arrepentimiento. Que extrañar partes de la vida anterior puede convivir con el amor a la vida que se tiene ahora. Que no reconocerse en el relato idealizado de la maternidad no significa que algo esté mal.
Nombrar esto no es dramatizar. No es romantizar el sufrimiento. Es simplemente reconocer que la experiencia de ser madre es más compleja, más contradictoria y más humana de lo que los relatos dominantes suelen mostrar.
Si esto te remueve más de lo esperado, puede ayudar conversarlo.
Un espacio clínico pensado para la maternidad puede ayudarte a ordenar lo que estás viviendo sin minimizarlo ni sobredimensionarlo.
Matrescencia y depresión posparto: cómo distinguirlas
Esta distinción merece atención cuidadosa, porque confundirlas puede llevar a minimizar algo que necesita apoyo clínico, o a patologizar algo que es parte de un proceso esperable.
La matrescencia es un proceso de transición. No es un trastorno ni una condición clínica. Puede ser intensa, confusa o dolorosa, pero en sí misma no es una enfermedad: es una reorganización profunda que toma tiempo y que puede beneficiarse de acompañamiento, comprensión y espacio para ser procesada.
La depresión posparto es un cuadro clínico que requiere evaluación profesional. Sus señales incluyen tristeza persistente e intensa, llanto frecuente, dificultad para conectar con el bebé, sensación de vacío o de no poder funcionar en el día a día, ansiedad que no cede, o pensamientos que asustan o preocupan. No se trata de "estar cansada" ni de "adaptarse".
Ambas pueden coexistir. Una mujer puede estar atravesando la transformación propia de la matrescencia y, al mismo tiempo, estar experimentando síntomas que merecen una evaluación clínica. No se excluyen.
La ansiedad perinatal también puede aparecer en este período, y a veces se confunde con la matrescencia porque comparten algunas expresiones: inquietud, dificultad para descansar, pensamientos que no se detienen.
Si hay tristeza que no cede con el tiempo, ansiedad que interfiere con el día a día, dificultad real en el vínculo madre-bebé o pensamientos perturbadores, es importante consultar con un profesional de salud mental perinatal. No para recibir un diagnóstico automáticamente, sino para que alguien con formación clínica pueda acompañarte a entender lo que estás viviendo.
El Test de Edimburgo puede ser un primer punto de referencia —no un diagnóstico— para explorar cómo estás.
Cómo puede ayudar la psicología perinatal
La psicología perinatal acompaña a mujeres en el proceso de embarazo, posparto y transición a la maternidad. No solo cuando hay un diagnóstico de por medio.
Un espacio terapéutico puede ayudar a poner palabras a lo que se está viviendo, sin que haya que minimizarlo ni magnificarlo. A explorar la identidad materna y cómo se reorganiza junto a la identidad propia. A trabajar la culpa, la ambivalencia y los cambios en los vínculos. A distinguir qué es parte del proceso de transición y qué puede requerir atención clínica específica. A acompañar la sensación de pérdida o despedida de ciertas formas de vida anterior, si eso aparece.
Cuando la depresión posparto o la ansiedad perinatal son parte del cuadro, la psicología perinatal puede integrar el equipo de apoyo, coordinada con el médico tratante cuando corresponda.
Un espacio para procesarlo con calma
Convertirse en madre es uno de los movimientos más grandes que puede vivir una persona. Que remueva cosas, que genere preguntas, que haya momentos de pérdida junto a momentos de expansión, no es señal de que estás haciéndolo mal. Es señal de que algo real está ocurriendo.
La matrescencia no tiene un manual. Pero sí puede tener acompañamiento.
Si algo de esto resonó contigo, puedes pedir orientación clínica.
Puedes reservar una primera sesión para mirar con calma lo que estás viviendo.